El camino no se detiene por tener una esquina. Puedes parar a observarlo, a admirarlo o incluso a evaluar cuánto más estás dispuesta a seguir. Pero el camino sigue ahí, mirándote impasible. "Sabes que tienes que seguir caminándolo" te dice con sorna. No te queda otra.
Hace mucho que no escribía. Demasiado. Estuve dolida, mucho. Pero el camino sigue, y yo también. A veces lo caminaré más deprisa y otras, las más, muy despacio. No por que no tenga prisa, que la tengo, pero porque el mundo es como es, y la realidad te atrapa y te da por culo, así que tienes que buscar cómo recomponerte, levantarte del suelo, limpiar tus heridas, y seguir.
Me gusta cerrar los ojos y hacer un pequeño chequeo de mi misma. Repasar mentalmente cada centímetro de mi piel, cada recoveco, cada articulación. Preguntarles amablemente dónde duele, cuánto, y por qué. Lo hago muy poco, mucho menos de lo que debería. Todas deberíamos siempre dedicar un tiempo a repasar mentalmente nuestro cuerpo buscando heridas nuevas que han pasado desapercibidas, heridas viejas que pueden no haber sanado aún, roces y moratones que no sabes ni cuándo te has hecho. Y prestarles atención a todos. No hace falta que soluciones nada, pero sí que evalúes y sepas dónde están los daños, y cuán serios son.
Después de revisar los daños y asegurarte de que nada está demasiado roto o necesita reparaciones urgentes, toca encarar de nuevo el camino, cargar de nuevo con la mochila, y seguir andando. Los caminos no se andan solos, tienes que poner un pie delante del otro y repetir, siempre repetir. Pero es el primer paso el que es más difícil.
Empecé mi terapia hormonal el simbólico día del 8 de Marzo de 2026. Hace ya casi 4 meses. El camino es largo, y en ocasiones parece más una cinta de correr de gimnasio, en la que caminas y caminas y caminas y nada a tu alrededor ha cambiado. Pero todo cambia, supongo. Siempre cambia. Cambia tu cabeza, cambia el mundo con cada vuelta que da. Sólo es que a menudo los cambios son tan ínfimos que no los notas.
Nada ha cambiado de forma clara, nada a nivel físico. Sigo siendo el esperpento de mujer wannabe que soy, que sufriré ser el resto de mi vida. Ahora me siento más vulnerable si llevo una camiseta un poco más estrecha que la oversize de ayer, porque mis sempriternas manboobs empiezan a llamar más la atención si te fijas, pero... ¿eso es todo?
Tal vez hay más cambios muy sutiles, tal vez siento mi piel más suave, o tal vez es sólo una idea autoimpuesta de leer y leer y leer miles de artículos de gente que lo ha conseguido, que son bellas y fuertes y grandes en su pedestal de superación, un espejo de esperanza en el que mirarse a la vez que un ideal inalcanzable fuente de frustración.
El vacío de estar en medio del camino en medio de ninguna parte, sóla, sin pertenecer a ningún lugar, es absolutamente aterrador. Y según lo escribo me parece que tal vez no sea muy distinto de haberme convertido en un emigrante nómada que no termina de pertenecer ya a ningún sitio, que ya no tiene un "hogar" al que volver, pero que allá donde vaya siempre será eso, un inmigrante. Una extranjera que no pertenece ni a aquí ni a allí. Pero es un paso más, porque ser un nómada apátrida siempre tiene un aura de misterio interesante y la gente quiere saber más de tí, mientras que esto es ser un bicho raro que debe esconderse.
Algunos cambios en mi cabeza sí que están empezando a sentirse. Tengo un poco menos de miedo, o tal vez es sólo como dicen en inglés, "I can't be bothered" ya, a que se me vea. Me repito una y otra vez el mantra de que pertenezco, de que tengo derecho a ser, diga lo que diga nadie, piensen lo que piensen todos. Yo soy, y no voy a dejar de ser quien soy porque a otros no les guste.
Y me gustaría ser fuerte en ese ideal de "si no te gusta no mires". Pero no es tan fácil ¿verdad?.
Me repito constantemente que ya hice cosas locas antes. Ya cogí una maleta y me fuí de mi casa, de mi vida, de mi círculo al otro puto lado del mundo. Sin garantías, sin planes, sin red de seguridad. Si pude dejar una vida entera detrás y saltar al vacío, ¿por qué hubiera de ser diferente ahora?
Al igual que en aquella ocasión hace 20 años ya, la realidad es que no dejas una vida detrás. Nunca la dejas. De hecho, no dejas nada detrás. Muy al contrario, te la llevas contigo. Tengo que recordarme sin cesar que no dejo nada detrás, que no me voy para cambiarme. Me transformo, sí, pero sigo siendo la misma. Siempre fui esta persona.
Y sigo con los mantras. "I owe no apology", no le debo excusas a nadie. Quien quiera acompañarme es más que bienvenido. Me encanta pensar que hay quien quiere ser parte de este camino, aunque sea en etapas esporádicas, aunque sea de forma muy intermitente o desde muy lejos. Vuestra compañía se siente, vaya que si se siente.
Una palabra tonta, un mensaje casual, un "Hola preciosa, ¿cómo estás?" es un balón de oxígeno cuando estás en mitad de la escalada. Saberme vista, saberme aceptada, me da la vida.
Desempolvo mis zapatillas, aprieto los cordones, me levanto y miro atrás. Todo ese camino lo he hecho ya. Queda mucho más por delante, claro, pero no te olvides nunca de todo lo que ya andaste.
Me giro y encaro el camino. Tomo aire, cierro los ojos, y suelto. Adelanto un pie, siempre el izquierdo. Y luego otro.
Y sigo caminando.